La importancia del ordenamiento de las ciudades, los materiales de construcción de los edificios y los efectos del clima urbano en ámbitos como la salud o la economía centraron el debate de la última sesión de las XXIV Jornadas de Energía y Medioambiente de COGITIAR, dedicada a abordar las consecuencias y las posibles soluciones a las islas de calor en Zaragoza. Como ponentes de excepción, el Colegio contó con el gerente de Urbanismo del Ayuntamiento de Zaragoza, Miguel Ángel Abadía, y el subdirector del Instituto Universitario de Investigación en Ciencias Ambientales de Aragón, Miguel Ángel Saz.
Una isla de calor define la diferencia de temperatura que se da en el entorno urbano respecto a la del área rural que la rodea, que en ocasiones puede ser de hasta 15 grados. Como explicó Saz, en el caso de la capital aragonesa esta oscilación alcanza 1,6 grados entre el centro de la ciudad y el sensor ubicado en La Cartuja de Aula Dei –uno de los 25 que hay colocados en las estaciones meteorológicas con las que se cuenta para hacer estas mediciones-. “A esto hay que añadir 1,2 grados del cambio climático antropogénico. Esto ocasiona que la situación en verano llegue a ser de 32 grados a las afueras y de 39 en el centro, y aquí empieza lo preocupante”, subrayó Saz, que es profesor del Departamento de Geografía y Ordenación del Territorio de la Universidad de Zaragoza.
El experto incidió en un nuevo concepto: la pobreza energética relacionada con el calor. “Ahora ya no solo preocupa poder permitirse calentar las casas en invierno, sino enfriarlas en verano”, añadió. Al respecto, sus investigaciones sobre el clima urbano incluyen aspectos como la vulnerabilidad sociológica de la población, donde se analizan 51 variables socioeconómicas que van desde la renta hasta las características de las viviendas. En este sentido, Saz valoró la importancia de esta información “para decidir sobre las futuras actuaciones” en la ciudad y destacó la “transversalidad” y los distintos enfoques desde los que se puede abordar este asunto.
Por su parte, el gerente de Urbanismo apuntó como causa principal de las islas de calor urbano a la acumulación de superficies que absorben más calor y lo liberan más lentamente, al contrario de lo que hacen parajes naturales como bosques, ríos o lagos. A esto hay que sumar la contaminación del tráfico y la industria. Todo esto, señaló, tiene un impacto relevante en la salud de las personas y afecciones en la economía y, por eso, reclamó una “planificación inteligente en el diseño y ordenamiento de las ciudades” utilizando materiales adecuados y fomentando una arquitectura bioclimática, y sugiriendo, para ello, una mayor coordinación entre ingenieros y arquitectos.
Durante su exposición, hizo un repaso, a través de imágenes, por distintos refugios climáticos que existen en Chicago, Medellín, Seúl o Stuttgart. También dio a conocer un ejemplo más cercano, en la misma Zaragoza, donde se está proyectando un “barrio neutro” que producirá más energía de la que consume y donde, aprovechando la geotermia y la fotovoltaica, se suministrará energía a tres colegios y dos edificios de viviendas. “De aquí a un año será una realidad”, concluyó.




